sábado, 2 de abril de 2016

EL PODER TRANSFORMANTE DEL PADRENUESTRO


En 1984, Taniana Góricheva, una brillante profesora rusa de filosofía, atea, que había sido una dirigente de juventudes comunistas en la U.R.S.S., publicó un libro “Hablar de Dios resulta peligroso” contando su conversión al cristianismo, resaltando cómo Dios irrumpió en su alma cuando  rezaba el Padrenuestro.

Antes de esta conversión, Tatiana, llena de desesperanza, se entregó a una vida de excesos: afición a la bebida, desbocada vida sexual, matrimonios rotos, abortos, ansia desmedida de notoriedad, un desprecio profundo por el ser humano…

Hastiada de la vida que llevaba, se interesó por las filosofías orientales y el yoga. Y entonces ocurrió…Ella misma lo cuenta en el libro:

“Cansada y desilusionada realizaba mis ejercicios de yoga y repetía los mantras. Conviene saber que hasta ese instante yo nunca había pronunciado una oración, y ni conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, en concreto la oración del Padrenuestro. ¡Justamente la oración que nuestro Señor había recitado personalmente!. Empecé a repetirla mentalmente como un mantra, de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces; entonces de repente me sentí trastornada por completo. Comprendí –no con mi inteligencia ridícula sino con todo mi ser- que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!.
En aquel instante comprendí y capté el “misterio” del cristianismo, la vida nueva y verdadera. ¡Ésa era la redención efectiva y auténtica!. En aquel momento todo cambió en mí. El hombre viejo había muerto. No sólo di de mano a mis valoraciones e ideales anteriores sino también a las viejas costumbres.

Finalmente también mi corazón se abrió. Empecé a querer a las personas. Pude comprender sus padecimientos, así como su elevada categoría y su semejanza divina. Inmediatamente después de mi conversión todas las gentes se me presentaron sin más como admirables habitantes del cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres.

¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en mí corazón!. Pero no sólo en mi interior; no, el mundo entero, cada piedra, cada arbusto estaban inundados de una suave luminosidad. El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor. ¿Cómo no lo había percibido hasta entonces?

Así empezó mi vida. Mi redención era algo perfectamente concreto y real; había llegado de un modo repentino, aunque la había anhelado desde mucho tiempo atrás, y sólo el Espíritu Santo pudo realizarla en mí, porque sólo Él puede crear una “nueva criatura” y puede reconciliarla con el Eterno”.

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